Durante años, el gas ha sido clasificado como un combustible de transición y como una alternativa más limpia que los demás. Frente a esto, es cierto que quemar este combustible tiene algunos efectos negativos reducidos, frente a otros como el petróleo o el carbón, al no generar material particulado ni Óxidos de Azufre. Sin embargo, el gas es un generador de efecto invernadero, produce Dióxido de Carbono (CO2), Monóxido de Carbono (CO) y Dióxido de Nitrógeno (NO2) al quemarse. Además, es el tercer contaminante del planeta.

Diferentes estudios han demostrado que el uso de gas natural en espacios cerrados tiene un impacto negativo en la calidad del aire y la salud, especialmente la de los niños. El Monóxido de Carbono (CO) y el Dióxido de Nitrógeno (NO2), tienen demostrados efectos negativos en el sistema respiratorio y cardiovascular y una incidencia alta de asma en los niños.
Adicionalmente, cada vez son más las ciudades que prohíben el uso de combustibles fósiles a nivel residencial, y promueven la electrificación como un esfuerzo para sustituir el uso de gas natural, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, así como también cuidar la salud de las personas.
Electrificar las ciudades y las diferentes actividades humanas que consumen energía tienen asociados una serie de beneficios como:
- Menores emisiones de gases de efecto invernadero.
- Protección del equilibrio de los ecosistemas.
- Menores riesgos de seguridad, explosiones y accidentes.
- Reducción de problemas de salud asociados a los gases de efecto invernadero.
- Mayor creación de empleos.
- Reducción de costos de operación e inversión.
- Mayor eficiencia en el uso de la energía disponible.
Dichos beneficios, pueden multiplicarse si se asegura que dicha electricidad es producida a partir de fuentes limpias y renovables como la energía solar, eólica, biomasa, geotérmica y mareomotriz
